miércoles, 28 de agosto de 2013

No quiero seguir aquí

expr:id='"post-body-" + data:post.id' itemprop='description articleBody'>

Una piedra, dos piedras, tres piedras. Pierdo la cuenta de cuantas he tirado ya al río, sinceramente no me importa en absoluto. El cigarrillo se está consumiendo poco a poco al igual que mi alma, se vuelve más pequeño a cada calada.  Cada vez veo más borrosa esta imagen, el río pasando lentamente mojando mis pies haciendo que mi mente tenga las ideas más claras y la parte trasera de mi casa, antigua y con la pintura desgastada. Escucho los gritos de mi madre, sé que me está buscando al igual que mi hermano mayor, Greg, pero no quiero volver a casa. He cambiado mi aspecto desde que Greg cumplió los veinte: ahora mi pelo, que anteriormente era rubio,  es de color carbón oscuro; tengo las orejas completamente agujereadas; mi  nariz y mi labio están perforados también y mis muñecas están llenas de cortes horizontales… mas no tengo el valor de cortar en vertical. Greg empezó a pegarme, poco antes de que nuestro padre se fuera de casa y por esa razón ahora él es el que manda en ella y hay que hacer todo lo que él diga. Él no era así.

Ojalá pudiese cambiar mi vida, ojalá pudiese volver a empezar todo de nuevo y no errar como lo he estado haciendo hasta ahora. Ojalá nunca hubiese nacido. Ojalá… no fuese Martha.

Una voz un tanto grabe interrumpe mis pensamientos mientras una mano me agarra del hombro haciéndome daño. Sobresalto del susto y mi cigarrillo cae al río. Sé perfectamente quién es.

- ¿Se puede saber dónde coño estabas? - grita Greg con los ojos llenos de furia-. ¡Son las once de la noche! Estoy harto de que últimamente pases de todo. Venga, cagando ostias a casa. Llevamos dos putas horas buscándote para que ahora resulte que estabas detrás de casa, me pones enfermo.  Mamá está llorando y tú aquí, en tu mundo de niña repelente, ya va siendo hora de que alguien te de dos buenas… - Le interrumpo levantándome con lágrimas en mis ojos.

- ¿Dos buenas qué? ¿Tundas? ¿Bofetadas? ¡Déjame! - digo en son de que se vaya, más mi plan no ha funcionado del todo bien.

Me agarra del brazo y prácticamente me arrastra a casa. No aguanto más, la impotencia es absoluta. Siento mi alma desgarrada, ¿dónde está el adolescente que me apoyaba? No entiendo nada. Intento escapar de él, apenas me ha dado tiempo a ponerme los zapatos, tengo los pies desnudos y ahora llenos de piedrecitas clavadas en la palma de estos. Las lágrimas empiezan a caer una tras otra, sin pausa.

Una vez que estoy ya en la puerta consigo deshacerme de él e ir corriendo a mi cuarto. Pero Greg no se rinde y entra conmigo. Esta vez un poco más calmado, se apoya en mi puerta y se queda pensativo mirando al suelo tocando su melena rubia, sin mirarme.

- Martha, yo… - dice girando su cabeza hacia a mí. No quiero saber nada de él.
- Olvídame, no sirvo para nada, ya lo sé, por favor vete. - digo sin fuerza en mi voz, veo su reflejo borroso de las lágrimas.
- Lo único que quiero es que me obedezcas, soy tu hermano mayor y ahora que no está papá tengo que ser yo quien cuide de ti - Se acerca a mí e intenta girarme la cara para que lo vea. No va a arreglar nada hablando, ya ha hecho suficiente.
- Papá no me trataba así, no me pegaba cada vez que no hacía lo que él me decía.  Ahora por favor vete, fuera de mi habitación. Cierra la puerta al salir. - Sollozo abrazando mi almohada celeste y dándome la vuelta.

Greg frunce el ceño y se da la vuelta para salir, dando un sonoro portazo. Mi madre lo más seguro es que ya esté durmiendo, nunca le ha gustado que Greg y yo peleemos. Cabe decir que tampoco hace nada para evitarlo.

Intento no pensar en nada y quedarme dormida, pero no puedo. No puedo descansar pensando en la escena que he vivido, nuevamente. No he cenado nada, pero no tengo hambre tampoco. Miro por la ventana y veo a Ed, mi vecino de unos veintidós años, el cual a estas horas siempre está tocando la guitarra y cantando tan bajito que casi ni yo puedo oírlo estando al lado. Sin duda, por muy poco que pueda oírlo, no puedo evitar disfrutar de esa canción. Me mira y deja la guitarra en el sofá para coger el móvil y por lo visto hacer una llamada.

De repente mi móvil empieza a sonar. Lo cojo como puedo con el pie porque está casi al final de la cama y no tengo fuerzas para moverme. Una vez en mi mano, lo apoyo en mi oído y escucho su voz. Su dulce voz.

- Sé que no estás bien, ¿ha vuelto a ponerte la mano encima?- dice de sopetón.
- Sí, lo ha hecho…- Sollozo, casi no se me entiende lo que estoy diciendo-. Ed, necesito ayuda, no quiero seguir aquí. Me siento muy rota esta vez, muy rota.

Miro nuevamente por la ventana y ahí está él, mirándome mientras habla, un chico pelirrojo al que gracias a él hoy sigo aquí. No es la primera vez que me ha servido de apoyo en un momento como este. Es la persona más importante para mí porque ha evitado muchos incidentes que he podido tener conmigo misma.

- Sabes que siempre tienes mi casa, Martha. No llores pequeña, no es fácil vivir la situación que estás viviendo, pero no estás sola. Siempre vas a poder recurrir a mí - Me sonríe dulcemente y me arquea una ceja. Ojalá pudiese devolverle la sonrisa.

- No me refiero a dejar la casa…- pongo mi mano sobre mi frente, notando mi cabeza a punto de estallar -. Quiero dejar esta vida.
- La felicidad solamente te la vas a poder dar tú, pequeña. Yo cuando me siento así toco acordes con la guitarra y salen canciones. Con esto quiero decirte que hasta de las peores cosas se puede sacar un fruto, no puedes rendirte ahora, eres muy joven - Su voz es muy tranquila, es como una dulce melodía.

- Ed, tengo que colgar - No quiero hacerlo -. Hablamos mañana, gracias por todo.
- Buenas noches, descansa - Me asomo a la ventana y observo cómo coge la guitarra para seguir tocando.

Odio que se preocupen por mí, porque yo no sería capaz de ayudar a alguien. Soy una inútil. Le he dicho que hablaríamos mañana, pero nadie sabe si lo volveré a ver, si mañana seguiré aquí. Me quedo llorando hasta tarde, se me hace imposible conciliar el sueño.


Me dirijo a la cocina y miro el reloj, las cuatro menos cuarto. Abro el cajón de los cubiertos y entre ellos un cuchillo afilado, de los que se usan para cortar la carne. Lo cojo con miedo y miro mi triste reflejo en él. Una niña de quince años con la cara completamente roja y húmeda, ¿qué piensas que vas a hacer? Dice mi conciencia.
- Lo que llevo pensando hacer hace ya mucho tiempo.- Contesto con un hilo de voz mientras me sigo viendo reflejada.

Me dirijo al baño y lavo mi rostro, ¿estoy segura de que quiero hacerlo? ¿Es la hora de acabar con todo esto? ¿Tan mal van las cosas como para que me quite la vida? Preguntas difíciles de contestar pasan por mi cabeza, mas no obtienen respuesta alguna.

La única razón por la que sigo aquí es porque no he tenido el valor suficiente de hacerlo antes, pero ya va siendo hora de que alguien note mi ausencia.

Dicho esto, no vuelvo a sentir nada más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario